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Una propuesta exageradamente modesta – Baseball ProspectusBaseball Prospectus


Image credit: © Kareem Elgazzar via Imagn Content Services, LLC

Traducido por José M. Hernández Lagunes

En las profundidades de la industria de los videojuegos, que mueve $150,000 millones de dólares, existe un grupo de jugadores llamado speedrunners. No hay que confundirlo con la industria de los deportes electrónicos, mejor conocidos como eSports, la cual ha empezado a levantar estadios en las principales áreas metropolitanas: el speedrunner no es el terreno tan fértil para el capitalismo que son los juegos a los que juega tu primo adolescente. Lo que hacen los speedrunners es tomar videojuegos, viejos y nuevos, y grabarse superándolos lo más rápido posible, en un intento de alcanzar el récord mundial.

El speedrunning no es realmente un deporte en el sentido popular, aunque es una fuente ocasional de competencia feroz e incluso de escándalo. Aun así, la mayoría de las comunidades creadas en torno a este pasatiempo son colaborativas, comparten estrategias entre sí y celebran sus mejores tiempos personales. En lugar de competir por botes de a millón de dólares, se reúnen para mostrar su talento en una campaña bianual de donaciones de una semana de duración que ha aportado más de $25 millones de dólares a obras benéficas.

Dentro de esta comunidad de nicho hay otra aún más profunda, la de las personas que dirigen su atención a un tipo específico de juego llamado randomizador. Los randomizers son versiones modificadas de juegos clásicos y bien sobados, como Super Metroid o Final Fantasy IV, y les dan nueva vida. Cuando un jugador comienza un nuevo juego, el mod tira unos dados en el código y luego toma las armas, las herramientas y los objetos clave y los esparce en posiciones completamente aleatorias. A continuación, dos personas se enfrentarán en un speedrun de este único mundo aleatorio. Es como una carrera sin conocer el circuito, o un partido de béisbol sin saber cómo será la pelota.

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No lo pensarías dado el ritmo de juego de la MLB, pero el béisbol tiene mucho en común con el speedrunning. Aunque siendo honestos, uno de ellos implica mucho más estar sentado en el sillón. Pero ambas actividades dependen del desarrollo de los reflejos y de un código casi infinito de memoria muscular. Desde el punto de vista estético, el speedrunning se acerca al béisbol en la línea del “juego del fracaso”: la gran mayoría de los intentos fallan rápidamente, un error temprano o un mal RNG (generación de números aleatorios por sus siglas en inglés, o el comportamiento imprevisible del juego) hace que sea imposible alcanzar un récord. Los corredores serios reiniciarán sus partidas una y otra vez, a la espera de una en la que todo encaje. Dicho así, se parece más a ser aficionado de los Rangers que a cualquier cosa que pueda ofrecer Fortnite.

El randomizador no se presentó exactamente como una solución al speedrunning, pero no sería la primera vez que se hace. En 1996, el excampeón de ajedrez Bobby Fischer anunció la invención de una variante de ajedrez llamada Fischer Random, en la que las ocho piezas de ajedrez de la última fila se mezclaban antes del comienzo de la partida (y las negras se reflejaban en el otro lado). Esto alivia el problema de memorizar las aperturas, una tarea que empeora con la interferencia de los ordenadores, y premia el juego creativo y táctico en el que el propio Fischer no tenía parangón. Se celebraron torneos con el nuevo formato, pero la variante tuvo una gran aceptación cuando la FIDE designó a Fischer Random como objeto de un campeonato mundial oficial en 2019. En el campeonato inaugural, Magnus Carlson, el maestro indiscutible del ajedrez “de vainilla”, perdió ante Wesley So.

Los randomizadores de los videojuegos tienen el mismo efecto en el juego que Fischer Random: en lugar de la memoria muscular y la ejecución, la memorización de una única estrategia óptima, la victoria tiende a ser para el jugador que sabe leer las ventajas de la situación que se le presenta, y puede improvisar para aprovechar los desequilibrios repentinos del juego. Las Grandes Ligas podrían aprender algo de ellos.

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Siempre ha habido tendencias y formas en el béisbol, épocas en las que el juego empieza a perder su equilibrio en una u otra dirección: el atasco de bases de los años 50, por ejemplo, o el dominio de los lanzadores de los 60s. A veces, el barco se endereza por fuerzas naturales, ya que los equipos aprovechan las ventajas no utilizadas. En otras ocasiones, como a finales de los 60s y principios de los 70s, la Liga tuvo que intervenir y dar un pequeño empujón al juego. Pero después de la breve edad de hielo entre 2013-2014, los intentos de la MLB por equilibrar la balanza han llevado a cantidades bestiales de sobreviraje.

Esto ha provocado una buena cantidad de quejas, pero el caos en sí mismo es, en realidad, bueno. Lo que no es bueno es mentir para arreglarlo. La Liga no sólo debería ser honesta acerca de la aleatoriedad que inadvertidamente ha proporcionado al deporte, sino que debería utilizarla. El juego se ha vuelto demasiado predecible, sus estrategias, dominantes. Los coches, por extender la metáfora, se amontonan en la pista. Y con su tasa de ponches subiendo como la temperatura media del planeta, y muchos de los otros puntos de referencia tradicionales hechos inútiles entre los efectos de las eras de los esteroides y de los auxiliares para lanzadores, es hora de aflojar el control del juego sobre la transmisibilidad de sus logros. Los puntos de referencia estadísticos han muerto. Se acabaron los dioses y los asteriscos.

Es hora, pues, de abrazar el caos e implementar una justa y sana aleatoriedad. El día después de la entrega del trofeo de la Serie Mundial, el comisionado debería encender la tómbola y declarar cuáles serán las reglas de la próxima temporada. Cómo actuará la pelota. Si habrá bateador designado, en cualquiera de las dos Ligas. Cuántos lanzadores puede convocar cada equipo. Cuántos árboles estarán en juego. Si se aplicarán las reglas contra materiales pegajosos. Si existen los balks, y tal vez lo que de verdad son.

El perder adrede para rehacer plantillas quedaría inmediatamente obsoleto. ¿Cómo podría un equipo comenzar con un plan de cinco años cuando ni siquiera se puede planificar cómo será el béisbol en cinco años? En lugar de vender metódicamente a los jugadores a cambio de prospectos, los equipos perdedores se dedicarían a buscar historias de redención, buenos jugadores que, porque quizás una regla les obliga a jugar fuera de posición o de su estilo preferido, valen mucho más mañana que hoy. De repente, los análisis costo-beneficio de los jugadores se vuelven infinitamente más interesantes, las oportunidades tan abundantes como sutiles. Cambia todo, y luego permite que 30 gerencias teóricamente brillantes demuestren su brillantez, obligándoles a asumir estos repentinos retos y a construir el equipo que crean que mejor los superará.

Al fin y al cabo, todo el mundo ha sido envenenado para pensar que el gerente general es el protagonista de todo equipo de béisbol. Si eso es cierto, al menos pongámoslos en aprietos. Y si no, mantendrá alejados a los imitadores por un tiempo.

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